Criminalidad y mal gobierno.

El fenómeno delictivo siempre ha atraído el interés de los estudiosos de las ciencias sociales. Desde que el ser humano comenzó a vivir en incipientes aglomeraciones, siempre hubo miembros de ésta que se apartaban de los convencionalismos sociales y observaban conductas que eran reprochadas o dañinas para las colectividades en las cuales habitaban.

No es difícil imaginar que en las comunidades primitivas, formadas por acaso cien a ciento veinte sujetos, si se quería sobrevivir a aquéllos remotos y hostiles entornos, habría que observar algunas reglas fundamentales: proteger a los menores, conservar adecuadamente los alimentos, tomar precauciones en contra de los animales salvajes, trabajar en beneficio de todos y transmitir habilidades e información relevante. Cualquier comportamiento que atentara en contra de estos valores, era considerada socialmente reprochable y, además dañino.

Al organizarse de una manera más compleja la sociedad, constituyendo ciudades – estado, feudos, reinados o bien, con el advenimiento del estado moderno, las necesidades y aspectos importantes se van modificando y haciendo más y más enrevesados. Y, de igual forma, habrá miembros de estas agrupaciones que no quieran sujetarse a la generalidad aceptada de los valores y conductas que habrá de observar, realizando acciones que dañan el status quo existente. El homicidio, la violación, el robo, fraude, daño en las cosas, secuestro, lesiones y otros similares siempre han sido considerados como crímenes típicos y atemporales que agravian a las colectividades.

Los criminólogos han tratado de dar una explicación de las causas y motivos que llevan a la gente a delinquir. Y han dividido los factores en dos tipos: biológicos y sociales. Las teorías que dan preeminencia a lo biológico explican que las causas de la delincuencia siempre se van a encontrar en el individuo mismo y que los otros factores, los sociales, sólo van a determinar la forma y frecuencia del fenómeno delictivo. Las teorías sociológicas, en cambio, dan una importancia determinante a los factores externos o sociales y confieren escasa trascendencia a la parte individual en la explicación del fenómeno que comentamos.

La realidad es que para dar una aproximación más objetiva de la criminalidad hay que entender que ésta sigue siendo un fenómeno muy complejo, donde se combinan factores personales o individuales (herencia, sexo,

enfermedades, composición hormonal, etcétera) y sociales o externos (clima, latitud, altitud, lugar donde se vive, familia, educación, centro de trabajo, organización social y política, economía, religión, y cientos de etcéteras).

En últimas fechas, han existido estudios muy precisos que ponen de relieve el factor político o de organización gubernamental como una de los elementos en los que hay que poner particular atención si se quiere entender y controlar la criminalidad rampante que al parecer tiene secuestrada a naciones enteras y donde existe una desesperación colectiva por la falta de resultados en las estrategias de combate o mínimo control.

En nuestro país, el extinto estudioso de la materia Rafael Ruiz Harrell, en su libro “Criminalidad y mal gobierno” (Sansores y Aljure, 1998), da puntuales conclusiones de la relación inmediata y directa que existe entre los altos índices delictivos y el ejercicio de gobiernos corruptos, ineficientes, timoratos y, en general, “malos”. Ello es así porque el fenómeno criminal siempre va a florecer en aquéllos regímenes políticos que se distinguen por el llamado “desgobierno”, es decir, donde hay un abandono, doloso o culposo, de una de las tareas fundamentales del estado, que es la atención de la seguridad pública, pues es muy común en la actualidad ver, por ejemplo, que muchos miembros de nuestra clase política nacional, local o municipal, andan más ocupados y preocupados por las próximas elecciones que en el desgarriate delincuencial que azota las zonas urbanas y no urbanas de todo el territorio nacional, observamos que hay más pleitos en las cúpulas gubernamentales por los botines de los presupuestos electorales que en la eficacia y prevención de los delitos.

Cuando el gobierno es un mal administrador (cuando es ineficaz y corrupto), se constituye como un factor inmediato y directo de producción de conductas delictivas, pues no previene ni sanciona, si no que alienta, este azote que viene desde los mismos tiempos bíblicos y que es, al parecer, intrínseco al ser humano.

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