Cultura del esfuerzo.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

Desde hace aproximadamente un mes vengo leyendo con particular interés la llamada “Trilogía de Trajano”, de Santiago Posteguillo, una serie de tres volúmenes, los cuales a través de más de tres mil páginas, nos lleva de la mano a conocer, de manera novelada, la vida del emperador romano Marco Ulpio Trajano. Los tres libros mencionados se titulan “Los Asesinos del Emperador”, “Circo Máximo”, y la “Legión Perdida”. Y para los que son amantes de la historia de la Antigua Roma, es una de las modernas joyas de la literatura que seguramente trascenderán por su calidad narrativa.

Como seguramente algunos sabrán, Marco Ulpio Trajano fue el primer emperador romano no nacido en la península itálica, sino en una de sus provincias, Hispania, parte de lo que actualmente es España, y es probablemente el gobernante romano en cuyo período se alcanzó la mayor extensión territorial del imperio y una de las épocas de mayor estabilidad política y económica de aquéllos ayeres.

Destaca en la vida de Trajano sus cualidades personales para llegar a ocupar la máxima magistratura de la Antigua Roma. Célebre hombre de armas, valiente en todos los frentes, arrojado general, victorioso de varias batallas, y a quien se le asignaran diversas misiones para pacificar territorios que se habían vuelto hostiles. Sobresalen los relatos de valentía en las guerras, cuando él, personalmente, no obstante ser general, encabezaba los ejércitos en contra de sus enemigos. Sus cualidades personales de líder verdadero de milicias y sus victorias castrenses lo llevaron a ser considerado para ocupar la titularidad única de un imperio que en el momento de su ascenso requería un gobernante fuerte y ejemplo personal para los integrantes de las legiones. Una vez siendo emperador, a él se debe la conquista de lo que antes era Dacia y Partia, anexando al imperio dos de los más extensos y ricos reinos de la antigüedad. Se cuenta que, no obstante su calidad de emperador, en las marchas que hacían las legiones hacia remotos lugares para la conquista de nuevos territorios, o para la defensa de los existentes, este personaje, de viva voz y cuerpo presente, encabezaba los ejércitos, realizando recorridos a pié de miles y miles de kilómetros, dando ejemplo de sacrificio al igual que cualquier soldado raso, y además, durmiendo en improvisadas tiendas de campaña al igual que todos.

Se requerirían cientos y cientos de páginas para resaltar las cualidades de liderazgo que se manifestaban en estos gobernantes. Aquí lo importante es resaltar que, en la Antigua Roma, por lo menos de manera generalizada, tenía plena vigencia esa circunstancia ahora rara que se ha dado por denominar como la “cultura del esfuerzo”, es decir, aquél conjunto de ideas, tradiciones y costumbres que dan valor a ciertas características y conductas personales y hacen que quien las posea y observe sea considerado para ocupar los más altos e importantes cargos para dirigir a esa determinada sociedad o cultura. En la Antigua Roma, era evidente que las peculiaridades castrenses eran consideradas con un alto valor social.

Fue sólo por esto, y únicamente por esta creencia en la cultura del esfuerzo, que el imperio romano gobernó al mundo entero (civilizado) por varios centenares de años, considerando algunos hasta un milenio. Y si queremos crear una sociedad que avance y progrese en todos los ámbitos, habrá que emular esta sencilla creencia.

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