De cambios disruptivos.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

Hay quienes afirman que en los últimos cincuenta años la humanidad ha visto más cambios que en el resto de la historia. Se dice, por ejemplo, que una persona de la Edad Media leía en promedio, en toda su vida, la cantidad de texto que ahora tiene un simple periódico de provincia. También se afirma categóricamente que ahora cualquier computadora de mediada capacidad tiene la memoria suficiente para alberga todo el conocimiento escrito que se había producido en todo el devenir existencial hasta antes de la llegada de las propias computadoras. Los cambios han sido tan vertiginosos que ahora nos encontramos con muchas universidades, instituciones y científicos que se dedican a estudiar precisamente el cambio, los avances tecnológicos y hacia dónde se están orientando las investigaciones actuales. Ahora con una simple conexión a internet, un niño de primaria puede poner en entredicho a un médico especialista haciéndole saber los últimos tratamientos genéticos y nanotecnológicos que existen para   determinada enfermedad, y que el galeno, por descuido o por flojera del alma, ignora por no mantenerse al ritmo de los nuevos hitos hipocráticos.

A nivel de relaciones sociales y de las estructuras del poder institucional, los individuos han creado redes y grupos al margen de las organizaciones tradicionales, gracias a la estructura plana y atemporal que ofrece la web. El internet está provocando el desmoronamiento absoluto de los ahora arcaicos sistemas y andamios que sostenían el entramado social de antaño, dando oportunidades insospechadas a individuos talentosos que en otros tiempos habrían perecido en el total ostracismo de los rancios convencionalismos económicos: ahora podemos ver que los multimillonarios a nivel global apenas el día de ayer eran ingeniosos estudiantes que se las arreglaban penosamente para pagar la renta de su departamento y el camión a la escuela; que los científicos más innovadores tienen su origen en puebluchos miserables y perdidos en el mapa de la India, China o las Américas; que los más connotados hombres de Estado ya no pertenecen al clan de las tradicionales familias políticas que durante generaciones y generaciones detentaron y ostentaron de manera exclusiva el ejercicio familiar del poder gubernamental; que las audiencias televisivas han migrado hacia personajes (youtubers) desconocidos a quienes se les negó una y ora vez el acceso a los otrora poderosos medios masivos de comunicación; es decir, que el mundo cada vez es más plano, esto último en la precisa perspectiva de Thomas L. Friedaman. El mundo de hoy era impensable apenas hace unos cuantos años cuando los hijos de los ricos heredaban la riqueza, los hijos de los políticos las estructuras gubernamentales, y el hijo del zapatero su modesto taller. El internet ha dado la oportunidad de que inusuales talentos humanos emerjan al margen de esos caducos sistemas de antaño.

Por acabado de expresar, nos llama poderosamente la atención esa alharaca de guacamayas tropicales que se ha escuchado a lo largo y lo ancho del territorio nacional con motivo de la nominación al máximo premio de la Academia de Hollywood, el Oscar, a una indígena oaxaqueña quien demostró de sobra sus dotes naturales y excepcionales para la actuación frente a una cámara de cine, circunstancia que no nos debe extrañar, pues en esta nueva realidad hiperconectada, el surgimiento de la nada de soberbios talentos, otrora sin ninguna oportunidad, va a ser la regla general, no la excepción, así haya que mandar a la calle a todos esos actorcillos de pacotilla formados en las más rancias escuelas de actuación patrocinadas éstas por las más infames televisoras nacionales quienes todavía piensan que el conocimiento, las habilidades y las dotes personales se transmiten por generación espontánea.

 

 

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