De fiscales paraísos

Bastante alharaca de guacamayas tropicales está provocando la exposición pública, una vez más, de la lista de personajes famosos que tienen su dinerito en los llamados paraísos fiscales. Y allí aparecen nombres de artistas de la farándula como Bono de U2, Shakira de mi Corazón, Madonna, los de Mecano y muchos otros; compañías internacionales como Nike, Apple, Uber, Facebook y Twitter; la innombrable Isabel II, de Inglaterra; y aquí en tierras aztecas el mismísimo Carlos Slim, los de Televisa, TV Azteca, y hasta los Timbiriches, si mal no leí; y cerrando con broche de oro, se ha señalado también al mismo demonio de Tasmania, Marcial Maciel y los íncubos y súcubos que lo rodean. Un gran escándalo, pues.

Cuando leo y releo las notas, e intercambio información en pláticas de restaurant, esas destinadas a cambiar el mundo, vía revoluciones de cafeína y algún licor, no puedo sino concluir dos cosas: lo que está haciendo esta gente es perfectamente legal (y justo, quizá), y si todos lo pudiésemos hacer, lo haríamos (es decir, llevarnos nuestro dinero fuera de este país y no pagar impuestos). Me voy a tratar de explicar para no causar suspicacias innecesarias y que vaya a ser acusado de algún delito en contra de la autoridad, como rebelión, apología, o incitación a la violencia, mínimo.

Veamos por caso, México. En estas tierras, como en casi todas, todos tenemos la obligación constitucional de pagar impuestos, aunque muchos no lo hagan o lo hagan a medias. En todos los países las principales contribuciones que paga la gente son por los ingresos o ganancias (Impuesto Sobre la Renta), al consumo (Impuesto al Valor Agregado), y los de propiedad raíz (Predial). Aquí tenemos una tasa máxima de Impuesto Sobre la Renta del 35%; pagamos IVA al 16% y el Predial en algunos lugares llega a las decenas y cientos de miles de pesos por año por ser propietario de un cuchitril. Un profesionista (médico, abogado, ingeniero, arquitecto, etc.), por poner un ejemplo, entrega al fisco el 51% (si, leyó bien, el cincuenta y uno por ciento) de sus ingresos, los cuales se componen del 35% de ISR y 16% de IVA, con lo cual, nominalmente, se le quita más de la mitad de los recursos económicos que logró recabar con su arduo y tenaz trabajo. Así de fea la cosa. ¿Y a cabio qué recibe en contraprestación? Servicios públicos de arrabalera calidad: baches en las calles, agua contaminada, educación al nivel de cualquier país africano, hospitales sin médicos ni medicinas y la altísima probabilidad de ser secuestrado o asesinado a la vuelta de la esquina. Se calcula, aproximadamente, que las empresas tienen que entregar a Hacienda alrededor del 35 al 40% de sus ganancias, sino

planean fiscalmente (es decir, abren una cuenta en algún paraíso fiscal). Con este nivel de exacción, es obvio, nadie puede hacer una fortuna de consideración seria. Si a esto añadimos que si con esa miseria que me queda, luego de pagar contribuciones, compro un carro, voy a un restaurante o me hago de una casa, allí vuelvo a pagar otro tanto por ciento de impuestos, cercano al 50%, quizá, se entenderá lo injusto de la situación.

Para hacer frente esta esquizofrenia tributaria, ya que estamos peor que en la Edad Media, donde sólo se cobraba el famoso diezmo (10% sobre ingresos), se han inventado los paraísos fiscales, los cuales permiten transferir a ellos ingresos y ganancias sin la necesidad de pagar al país de origen esos montos exagerados de cargas tributarias. Y de una manera legal. Veamos un ejemplo: un artista, deportista o inventor. Pues abre una empresa en un paraíso fiscal a la cual le cede los derechos de su imagen, nombre o sus patentes. Resulta que todo lo que obtenga en México por esos conceptos, los va a mandar allá, donde le cobran una tasa 0%, y sin necesidad de pagar impuestos aquí. Sencillo, práctico y, legal, pues nadie me puede impedir que constituya una empresa en una nación extranjera.

Lo único malo es que los paraísos fiscales están diseñados para gente con cierto nivel de riqueza, digamos de varios millones de dólares anuales de dividendos en adelante, o con capitales constituidos de decenas o cientos de millones, pues hasta los costos para transportarse allá son altos, ya que ni siquiera hay vuelos comerciales y hay que trasladarse en jet privado. ¿Me explico?

O sea, que los jodidos siempre seguirán siendo jodidos, gracias al sistema tributario, o como sentenciara ese famoso escritor colombiano, palabras más, palabras menos, en alguna de sus famosas novelas, y cuya literalidad omitiré por no acordarme a cabalidad: “los pobres siempre van a estar jodidos, pues el día que la mierda tenga algún valor, van a nacer sin trasero”.

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