De tribales populismos.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

Desde hace algunos meses he tratado de responder a una pregunta autoimpuesta: ¿porqué existen y han tenido tanto éxito (temporal, por lo menos) los movimientos populistas a lo largo de la historia? Como ya lo hemos afirmado en otras colaboraciones, este fenómeno no es nuevo, y ya tenemos relatados antecedentes muy bien detallados en los libros de historia clásica. Por ejemplo, en la antigua Roma, con los Gracos, Publio Clodio Pulcro, Sulpicio Rufo, Cayo Mario y hasta con el famosísimo Julio César, quienes con el llamado “Factio Popularum” (partido o facción de los del pueblo), se opusieron a la aristocracia tradicional conservadora y apostaban por las decisiones populares que pretendieron lograr la mejor distribución de la tierra entre todos, el alivio de las deudas de los más pobres y la mayor participación democrática de las masas. En la actualidad son famosos las debacles nacionales provocadas por los Kirchners en Argentina, los Lulas en Brasil, los llamados bolivarianos (Chávez y Maduro) en Venezuela, los Evos en Perú y ya qué decir de nuestro vecino del Norte y, al parecer, del desastre de proporciones bíblicas que se avecina en casa si las encuestas resultan ciertas.

Leyendo y consultando algunos expertos sobre antropología y psicología cognitiva, Desmond Morris (The Naked Ape, The Human Zoo, The Naked Woman) y Steven Pinker (entrevista para un diario español), llegamos a la irreductible certeza de que la proclividad humana para abrigar estos movimientos populistas tiene un origen genético, determinante indiscutible de las conductas humanas.

Partimos de la idea de que nuestra configuración genética terminó de concluirse, en su versión actual, hará unos sesenta a cien mil años, es decir, cuando todavía vivíamos en sociedades tribales, compuestas a lo sumo por alrededor de ciento veinte miembros, en promedio, y donde el nomadismo, la caza, y la recolección de alimentos silvestres eran nuestra forma primordial de vida. En aquél antecedente de clan, los integrantes depositaban su confianza y seguían al líder que les proporcionaba seguridad, los defendía de las amenazas externas, cuidaba a niños, ancianos y enfermos y, en general, era el hombre fuerte (físicamente) de la manada que les indicaba el camino a seguir. De tal suerte que, querámoslo o no, estamos configurados hereditariamente para seguir y creer en este tipo de liderazgo, es decir, aquél que ofrece seguridad, pertenencia de raza, y soluciones a todos nuestros problemas cotidianos y elementales de existencia y subsistencia.

Según Steven Pinker la ideología de fondo de los populismos estriba en que “Tienen en común una mentalidad tribal, la misma que conduce al nacionalismo y al autoritarismo. Sienten hostilidad hacia las instituciones, buscan un líder natural que exprese la pureza y la verdad de la tribu. Les cuesta aceptar la idea democrática e ilustrada de que el gobernante es un custodio temporal del poder sometido a deberes y limitaciones… El populismo tiene una fuerte base rural y se extiende por las capas menos cultas de la sociedad… Los populistas están en el lado oscuro de la historia”.

Es en este contexto que el éxito de los populismos se sustentan más en la genética que en la razón, en la esperanza que en la realidad, en la fuerza de una persona que en la legalidad de las instituciones, en el obscurantismo sobre la ilustración, es decir, en un retorno al pasado tribal de la raza humana.

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