Sobre Democracia, Socialismo y Populismo.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez
La situación a nivel mundial en la actualidad se asemeja a la que vivió la humanidad a inicios de la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que en aquél entonces la ideología del socialismo estaba permeando por toda Europa, pues pensadores como Lenin, Trotsky y otros que sería prolijo mencionar, estaban arengando a las masas de trabajadores y campesinos a organizarse para que, a nivel global detonaran revoluciones en sus respectivos países con la finalidad de establecer gobiernos de corte comunista, basados en sus propuestas y, particularmente, en los esquemas que habría esbozado con anterioridad Carlos Marx y Federico Engels. Diversos son los libros y los escritos de estos pensadores sobre la materia.

Sin pretender simplificar las cosas, que por supuesto son mucho más complejas, sí estableceremos que la dictadura del proletariado que se proponía implicó, en los hechos, el ejercicio del poder basado en un partido central, en el cual un reducido número de iluminados e ilustrados intelectuales o científicos tomarían las decisiones en nombre de toda la colectividad. En este esquema no hacen falta parlamentos, ni partidos, ni elecciones democráticas, ni nada por el estilo, pues estos elegidos por la revolución serían los nuevos depositarios de la voluntad popular, es decir, en términos lisos y llanos, se trataba de que un grupo de intelectuales, como Lenin, Trotsky, Stalin, y muchos otros que luego fueron eliminados por sus propios compañeros de camarilla, desplazaran a la burguesía, detentadora de los medios de producción, para pasar sus propiedades y empresas al Estado que ahora administrarían estos nuevos sátrapas. Es decir, se trataba de que los de en medio subieran, desplazaran a los antiguos dueños del poder, y los trabajadores y campesinos siguieran igual, es decir, no cambiar la estructura de explotación, sino que sólo cambia el explotador, que con el tiempo constatamos era la nueva clase burocrática (nomenklatura, le nombraron).

Como reacción a esta amenazadora nueva clase gobernante, es decir, los intelectuales – burócratas, y que los países sucumbieran a la tentación del comunismo, surge el fascismo, cuyos representantes más famosos fueron Hitler, Mussolini y Franco, con propuestas que no eran nuevas y que ya venían incubándose por toda Europa: el nacionalismo, el antisemitismo, el anticomunismo, el racismo y los discursos de odio, eran lugares ya comunes por casi todo el mundo.

Es decir, en aquéllos momentos, la humanidad sólo tenía tres sopas para la organización jurídico – política de una nación: la democracia, el socialismo, o el fascismo, todas estas formas estatales con sus grises que siempre existen.
Por azares del destino, en esta segunda conflagración planetaria que comentamos, las democracias se aliaron con Rusia, socialista, para vencer a los fascismos, para luego, una vez terminada esta guerra, seguir un pleito a muerte entre ellos mismos, los ganadores, democracias y comunismos, que duró muchas décadas y que se concretó en la llamada Guerra Fría, la cual formalmente terminó con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.

En la actualidad, los conocedores de los procesos políticos globales, esbozan una situación similar a la que se tenía en los albores de la Segunda Guerra Mundial, con tres opciones e intereses en lucha: por un lado las democracias, asentadas en un sistema de producción capitalista, de libre mercado y fundadas en Estados de Derecho; en seguida, los estropicios que quedaron del socialismo, cimentados en sistemas de producción de capitalismo de Estado o sabrá qué, y basadas en autocracias de hecho (Rusia y China); y, finalmente, los nacientes populismos, sin ideología en particular, pues pueden ser tanto de derechas o de izquierdas, y por tanto, no constituyen propiamente formas de gobierno, a la usanza tradicional, sino maneras diversas de ejercer el poder sin rumbo ni reglas claras y apelando a las emociones de las masas.
En la próxima semana comentaremos porqué la opción democrática es la más pertinente para el desarrollo humano.
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