Sobre la Traición.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
No es para nadie (pero ninguno, ninguno, dirían los insidiosos) desonocido que las agencias de inteligencia y cumplimiento de la ley de nuestro vecino del norte, han iniciado una embestida tanto frontal como encubierta en contra de muchos políticos y funcionarios mexicanos que consideran han colaborado con grupos delictivos para el trasiego de drogas hacia Estados Unidos y otros delitos relacionados.
Una de las estrategias que se han utilizado, y se seguirán utilizando mientras exista humanidad, para concretar investigaciones en contra de determinados indiciados, es la inducción al miedo (el llamado “Efecto Maduro”, o sea, traducido: nadie traga lumbre) y luego a la traición, pues la deslealtad y la ingratitud han sido, y serán por los siglos de los siglos, parte de la naturaleza de eso que pomposamente se ha denominado en catalogar científicamente como Homo Sapiens.
De hecho, la traición como práctica cotidiana y redituable, es un arte poco reconcido, pero mucho ejercido, por la clase política en todas las latitudes y altitudes. No hay político que no hubiese llegado a las alturas que no ejecutara, en su momento, conjuras, complots, infidelidades y vilezas innombrables como camino andado que lo llevara a donde llegó. La traición es parte de la genética de esos seres que toda sociedad aborrece, pero que en su momento encumbra.
El éxito de este método de investigación (conocido formalmente en el ámbito jurídico como el uso de testigos colaboradores o la aplicación de criterios de oportunidad) radica en que explota una combinación de psicología humana, vulnerabilidades estructurales del crimen y teoría de juegos.
Cuando la autoridad aísla a los cómplices, crea un escenario de incertidumbre. El delincuente no sabe si sus compañeros ya lo delataron. Ante el riesgo inminente de recibir la pena máxima porque alguien más hable primero, la decisión más racional y de supervivencia (matemática y psicológicamente hablando) es traicionar antes de ser traicionado (Dilema del Prisionero y Teoría de Juegos).
Las organizaciones criminales basan su supervivencia en la lealtad absoluta y el secreto (la omertá). Al introducir un incentivo legal tan poderoso como la libertad o una condena mínima, el Estado destruye esa confianza interna. La paranoia y la desconfianza mutua hacen el trabajo de la fiscalía desde adentro (ruptura el pacto de silencio).
En la criminalidad organizada, los líderes o «peces gordos» rara vez se ensucian las manos; delegan la ejecución material de los delitos para aislarse de la evidencia física. La única forma de vincular jurídicamente a los líderes con el delito es a través del testimonio directo de los eslabones medios o bajos que recibieron las órdenes directas (¿le suena?).
La pregunta por ahora no es si habrá espectaculares actos de traición y delación entre los miembros del domo acusado, eso ya está sucediendo y va a seguir la mata dando, el interrogante principal es quiénes traicionarán primero, quienes después y luego, quienes se quedarán sin posibilidad de traicionar, bien sea porque se quedaron al final, o porque están en la cúpula de la pirámide criminal, o porque ya no existirá nadie a quién traicionar porque no se puede traicionar a un traidor que ya negoció su absolución con su verdugo.
Veremos, dijo un ciego.
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