Sobre Dictadores Bananeros.
Sobre Dictadores Bananeros.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
Los latinoamericanos ya nos sabemos de memoria el guión reciclado de esta peculiar tragicomedia: todo arranca con un agitador social desgañitándose por la libertad, la igualdad y la fraternidad en su natal Nicaragua. Luego muta a guerrillero de cepa y, faltaba más, en autoproclamado prócer de esa entelequia llamada «izquierda» (lo que carajos signifique eso). De pronto, cuando el país comete el atrevimiento de abrirse a la democracia y permitir elecciones libres, nuestro protagonista se postula a la Presidencia. Y la muchedumbre, imbecilizada a más no poder por esa demagogia izquierdosa que promete la llegada inminente del paraíso, jurando tierras de donde emana leche, miel y hojuelas, y el divino derecho a vivir en Jauja sin mover un dedo, corre en estampida a las urnas. Así, este proyecto de ser humano y político en franco declive moral, se alza con la victoria y se erige como Presidente Constitucional de uno de los andurriales más miserables del hemisferio.
A partir de ese glorioso instante en que asume el poder, comienza lo verdaderamente interesante. Resulta que todo ese romántico catálogo por el que juraba dar la vida —elecciones libres, sistema democrático, igualdad, libertad de prensa y de religión, solidaridad, el infalible eslogan de «primero los pobres» (¿les va sonando?), combate a la delincuencia, Estado de derecho, constitucionalismo, división de poderes y contrapesos gubernamentales— termina, sin más trámite, en el bote de la basura. Todo aquello que se requiere para sacar a un país de la prehistoria y presentarlo decentemente ante la comunidad internacional, simplemente estorbaba.
La crónica de Daniel Ortega en Nicaragua es digna de una película de terror con final anunciado: aniquilación de las libertades democráticas, supresión de la libre elección, caos sistemático, delincuencia desatada y un merecidísimo ostracismo internacional. A esto súmele la persecución paranoica de adversarios, la abolición de la libertad religiosa, el acoso frontal a los empresarios y el exilio forzado de miles de ciudadanos trabajadores y responsables. Tenemos frente a nosotros a un esperpento de Presidente de la «República» que lleva 30 años malgobernando. Vaya, ni don Porfirio Díaz llegó a tanto (y eso que Díaz ha sido, le pese a quien le pese, el mejor Presidente que ha tenido México; lo hemos dicho y amén). Para rematar la farsa, corona su circo con la genialidad, que de idiotez no tiene un pelo, de nombrar a su propia esposa como flamante «co-Presidenta» en funciones. Ver para creer.
El desenlace de esta involución usted ya lo conoce: el triste retorno de la historia nicaragüense para consolidarse como la nación bananera que, en el fondo, nunca dejó de ser. Pero faltaba la cereza del pastel, la última ocurrencia fatal: Ortega ha declarado formalmente que, de aquí en adelante, se suprimen las elecciones libres. No vaya a ser la de malas que a los enemigos se les ocurra ganar en las urnas y los echen a patadas de su sacrosanto palacio nacional (¿Le suena? ¿Le suena?).
Habrá que reconocerle cierto mérito, pues se requieren bastantes tanates para quitarse por fin la estorbosa máscara democrática y aceptar lo obvio. Así que, sirva esta perorata para dejar sobre la mesa una de mis onanistas elucubraciones: absolutamente todos esos izquierdosos, que se venden como redentores de naciones en ruinas, mártires de la democracia, santos del futuro social y aves de plumaje inmaculado, sufren una ineludible metamorfosis al tomar el poder: ipso facto, se convierten en todo aquello que juraban odiar y combatir: Hitlercitos de barrio tirando a vulgares dictadores bananeros.
¿Le suena?
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