Vivir en el caos.
Vivir en el caos.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
No sé si a usted le ha pasado con frecuencia en los últimos tiempos, pero parece que estamos viviendo en un caos permanente. Quiere viajar de una ciudad a otra y se encuentra con quemas de vehículos y narco bloqueos por todos lados, lo que hacen de plano imposible llegar a su destino; o bien las carreteras están como la luna, con cráteres incontables, lo que también a veces dificulta o hace imposible de plano trasladarse; o bien hay un accidente y los cuerpos de rescatistas tardan horas y horas eternas en llegar a levantar los fallecidos o heridos con la consecuente inmovilidad de locos y desesperados; o bien a un grupito de cuatro o cinco pseudo estudiantes de normales rurales (sí, esas de socialistas trasnochados y abusivos de los derechos de la ciudadanía) toman casetas de cobro o vías de comunicación y, allí otra vez no hay nadie que ponga orden; ya no se diga si hay un desastre natural, pues la ausencia total de rescatistas es la constante universal; los robos y crímenes a plena luz del día y al lado de las fuerzas del orden; y cientos de etcéteras que sería prolijo aquí detallar. Es decir, para concluir lo menos, un desgobierno absoluto a lo largo y ancho del nacional territorio, porque insistiremos que una cosa es mandar, otra gobernar. Lo que ahora denominaremos un caos total inducido.
Y decimos que es un caos incitado o provocado artificialmente porque ante determinadas crisis de credibilidad en las gestiones de gobierno, estos desórdenes desvían la atención pública de la mala gestión, la corrupción o la erosión de libertades, pues nuestras autoridades buscan chivos expiatorios, culpando de estas anarquías a enemigos internos (opositores, minorías, prensa libre) o fuerzas externas (los gringos, el capitalismo, Cristóbal Colón o Hernán Cortés, la Malinche y los méndigos españoles), polarizando a la sociedad y redirigiendo la frustración popular.
También si la sociedad vive en embrollos permanentes, sea por los baches, la inseguridad, la falta de atención en los desastres, o lo que sea, entonces resulta que la gente está más preocupada por la supervivencia diaria, por la seguridad y salud personales o la economía, y en este contexto, las cuestiones de libertad política, rendición de cuentas e institucionalidad democrática pasan a un segundo o tercer plano. Primero comer y sobrevivir, que hacer política, aconsejan los más avezados pupilos de Maquiavelo.
Otro efecto que provoca en la sociedad el caos continuo es la desmovilización, el miedo, apatía y control social de las masas. El temor constante y la incertidumbre cotidiana socavan la capacidad de la sociedad para organizarse y protestar eficazmente. La inseguridad, sea esta de naturaleza física o económica o espiritual, induce al miedo y la fatiga, lo que
reduce la participación ciudadana en las protestas. Es ancestralmente sabido por los detentadores del poder que el miedo es una poderosa herramienta de control social.
Esto es, mientras las generalidades andantes sientan vivir en la anarquía cotidiana y el desconcierto un día sí y otro también, quienes debieran ser detentadores temporales de las estructuras públicas, van a hacerse los locos y tragar a puños, se los garantizo.
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