Pagar por existir.
Pagar por existir.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
Una vez más, esta inoportuna columna —o como gusten llamar a estas necedades que redacto religiosa e intermitentemente— viene a aguarles la fiesta y a desentonar con el optimismo oficial. Ya me quedó claro el otro día, tras visitar a unos conocidos felizmente hipnotizados por cierto «programa matutino», que este país navega viento en popa y que los mexicanos somos dichosos chapoteando en nuestra propia miseria existencial. Así que, perdónenme la catastrofista impertinencia, pues resulta evidente que habitamos en una tierra de donde emana leche y miel sin el menor esfuerzo, construyendo prosperidad por decreto cada madrugada.
Pero bueno, bajando de esa nube de edulcorante oficialista, toca escarbar en esas notitas relegadas a la página cuatro a las que casi nadie hace caso, pero que arrastran una cola de desgracias tan larga y predecible como la de los flamantes testigos protegidos de la justicia estadounidense.
Me refiero a la insólita osadía del obispo de la Diócesis de Cuernavaca, Ramón Castro, al denunciar que la delincuencia organizada ha decidido innovar su modelo de negocios con una crueldad de vanguardia: cobrar «derecho de piso» a las familias por el simple y llano atrevimiento de respirar dentro de sus propias casas en Morelos. Allá en Tlaquiltenango, ya no hace falta tener un negocio próspero para ser extorsionado; ahora el crimen te cobra la cuota por existir en tu propia tierra, amparados en el noble título de la amenaza y el terror. Como bien tronó el prelado con toda su voz pastoral: les han apagado la última luz que les quedaba, intentando borrar, si se pudiera, hasta la presencia de Dios en la zona.
Ya escucho rechinar los dientes de los paleros del status quo, esos guardianes listos para ladrar ante cualquier maledicencia sutil: «¿Y a nosotros qué carajos nos importa?». Argumentarán, con su miopía característica, que Morelos queda en el otro extremo de esta república bananera en la que a duras penas sobrevivimos. Jurarán que es un caso aislado, que aquí todo fluye bajo estricto control y que la paz y la armonía nunca habían perfumado tanto nuestros andurriales como ahora.
Claro, la memoria es convenientemente corta. Hace apenas unos años, antes de que este fango de purulencia social e inseguridad se paseara a sus anchas por todo el país, las masacres y desapariciones eran exclusivas de «los narcos allá
en Sinaloa». En aquel entonces, nuestros ínclitos representantes se desgarraban las vestiduras asegurando a los cuatro vientos que el problemita era «estrictamente local» y de ahí no pasaría.
Así que, como dirían esos ideólogos de escritorio a los que les pagan por fingir que piensan: mutatis mutandis. Traslape esa misma lógica a nuestra realidad actual y, por favor, no se aterre el día que le toquen la puerta para cobrarle la tarifa por el descaro de seguir vivo.
estradagp@hotmail.com

