Evaluar no es castigar: es preparar para competir.
En educación, pocas cosas deberían preocuparnos tanto como dejar de medir aquello que queremos mejorar. Por eso considero necesario abrir una discusión seria sobre los cambios que se han generado en materia de evaluación, acreditación y promoción en la educación básica mexicana.
Aclaremos algo desde el principio: no se trata de estar en contra de la evaluación formativa. Al contrario, evaluar de manera continua, retroalimentar y acompañar al estudiante son prácticas indispensables. El problema aparece cuando, bajo la intención de hacer más flexible el sistema, debilitamos los mecanismos objetivos que nos permiten saber si un alumno realmente alcanzó los aprendizajes necesarios para avanzar.
Los resultados de PISA deberían obligarnos a mirar esta discusión con especial seriedad. En PISA 2022, México obtuvo 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, por debajo de los promedios de la OCDE. Solo 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior en matemáticas; en lectura fue 53% y en ciencias 49%.
Estos datos no significan que PISA deba convertirse en el único referente de nuestro sistema educativo. Pero sí representan una señal que no podemos ignorar.
Desde mi perspectiva docente, necesitamos una evaluación objetiva, continua y exigente, no una evaluación entendida como castigo. Evaluar permite detectar rezagos, identificar fortalezas, intervenir oportunamente y establecer metas de mejora. También permite que el estudiante conozca dónde está y qué necesita hacer para avanzar.
De la misma manera, los criterios de acreditación y promoción deben garantizar que avanzar de grado implique haber alcanzado aprendizajes fundamentales. La inclusión y la permanencia escolar son objetivos indispensables, pero no deberían plantearse como opuestos a la exigencia académica.
Necesitamos estudiantes que no solamente permanezcan en la escuela, sino que aprendan, desarrollen competencias y estén preparados para competir en un mundo cada vez más exigente.
La pregunta no debería ser si evaluamos mucho o poco.
La pregunta debería ser:
¿Estamos evaluando lo suficiente y con la objetividad necesaria para garantizar que nuestros alumnos realmente están aprendiendo?
Porque una educación que no mide sus resultados corre el riesgo de confundir inclusión con aprendizaje, aprobación con logro y permanencia con preparación.
Evaluar no es castigar.
Evaluar es saber dónde estamos, qué debemos mejorar y si realmente estamos preparando a nuestros alumnos para el futuro. Dr. Víctor Alfonso Silva Reyes.

