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Por: Dr. José G. Estrada

Se ha puesto en marcha el anhelado proceso que permite a las masas populares hacerse de representantes que velen por sus intereses de verdad verdaderos (sic) en las extendidas estructuras del gobierno y, al mismo tiempo, que permita a esa selecta clase social de pedigrí hacerse o rehacerse de los tan anhelados espacios públicos remunerados que les abrirán los entretelones de esos emolumentos adecuados para si, su familia, y, en ocasiones, varias generaciones que les sucederán en esta existencia terrenal.

Cuando comienzan, como ahora, estos procesos electorales, del suyo inevitables en las autonombradas democracias modernas, siempre viene a mi mente la historia del Cónsul de la Antigua Roma de prenomen, nomen y cognomen Lucio Quincio Cincinato.

Conocido para la posteridad como simplemente Cincinato, este personaje fue un general y político de Roma, cuya vida transcurrió del 519 a.C. al 430 a.C. Algunos historiadores, afectos a los principios republicanos más recalcitrantes, como Catón El Viejo, lo han elevado a la categoría de un mito. Sin embargo, propios y extraños convergen en atribuirle características personales que encarnaban los valores romanos que forjaron un imperio de mil años: la frugalidad rústica, el patriotismo, la moderación en la ambición personal, la rectitud, la integridad, la honradez, las cualidades extraordinarias de orador, el conocimiento de las leyes, una capacidad estratégica militar sin precedentes y una inteligencia por encima de lo normal, sólo por mencionar algunas.

Cincinato fue elegido cónsul de Roma en el 460 a.C., ejerciendo el cargo por el período correspondiente. Sin embargo, dos años después de su primer consulado, cuando el ejército del cónsul Muncio se encontraba casi en la derrota a manos de los ecuos y voiscos, el pueblo exigió al Senado la elección de un dictador para enfrentar tal amenaza. Cuando la delegación del Senado fue a buscarlo para llevarle la noticia de su nombramiento, éste se encontraba arando sus propias tierras, a orillas del río Tíber. Acatando la voluntad del pueblo romano, Cincinato organizó de inmediato un nuevo ejército, enfrentó al enemigo y logró derrotarlo en apenas dieciséis días, siendo recibido por ello con honores en la capital del imperio, donde desfiló un Triunfo, precedido por los despojos de la victoria. Después de esta celebración, renunció a la dictadura que se le ofrecía, se negó a recibir cualquier tipo de recompensa del tesoro público y regresó a las labores agrícolas.

En el 439 a.C. nuevamente fue investido por el Senado con una nueva dictadura, en esta ocasión para resolver una crisis interna debido a una conspiración tramada por los plebeyos en contra de los tribunos, a propósito de la Ley Terentilia Arsa, y, de nuevo, apenas resolvió el problema, renunció a cualquier remuneración adicional y volvió, nuevamente, a arar personalmente la tierra.

Pregunto, ingenuamente: ¿tendremos algún día en México un Cincinato? ¿nuestra extendida e inmensa clase política dejará de ver las elecciones como un mecanismo para mantener su modus vivendi? ¿algún día veremos los cargos públicos como un espacio para servir y no para servirse? ¿dejará de ser el oficio político algún día uno de los más lucrativos y mejor remunerados? ¿dejarán de ser las elecciones para muchos el mecanismo ad hoc para cambiar simplemente de hueso? ¿tendremos en algún momento una clase política que, una vez terminado su encargo, prefiera regresarse a las labores productivas que desempeñaba?

Soñar no cuesta nada.

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