La muerte de Maradona

 

Por: Dr. José G. Estrada.

Siempre que ocurre el fallecimiento de algún personaje famoso, que no importante, para efectos de las justas calificaciones humanas, y los consecuentes acontecimientos que ello conlleva, me viene a la mente el libro de Eduardo Galeano intitulado “Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés”.

En días pasados se registró el deceso del autonombrado Dios de Dioses del futbol mundial, Maradona, y fue de una hilaridad y absurdos observados por las conductas mundiales y nacionales derivadas de la susodicha muerte. De manera inmediata el Presidente de Argentina, y previas las desgarraduras de vestiduras correspondientes, procedió a decretar no sé cuantos días o semanas de duelo en toda la nación enterita, las organizaciones futbolísticas a nivel planetario procedieron a declarar el duelo bíblico que ese hecho traerá de aquí en adelante a la raza pensante, las multitudes y muchedumbres desarrapadas procedieron a exhibir esos ridículos sentimientos de agobio, propios de las más cursis telenovelas mexicanas, sí, la de esos argumentos donde la criada bonita y humilde siempre se casa con el niño rico de la casa y los malhechores de manera inveterada reciben su merecido, las organizaciones y desorganizaciones de fans del futbol, previa lágrima a piel viva, exhibiendo un sentimentalismo rayando en la imbecilidad afectiva, y, para acabarla de fregar, hasta el aparato de justicia de aquél país retrasado emocionalmente, según se puede ver, ha formulado o pretende formular cargos graves al médico que atendía al susodicho por considerarlo presunto delincuente por un homicidio imprudencial en grado sumo, pues a alguien se le tendrá que atribuir la culpa de la muerte de tan ínclito ser humano, casi un Dios, pues, y que entre sus linduras personales nunca bajó de ser, al final, un alcohólico, drogadicto, acosador de mujeres decentes y no decentes, criminal confeso y otras bellezas relativas. Eso si, en un mundial metió un gol con la mano y fue objeto de adoración de una nación entera. De caricatura.

Hace poco, relativamente hablando, expiró también Stephen Hawking (si usted no sabe quién es este personaje, debería), y en las imágenes que se televisaron, pudimos ver que acudieron a su misa unas pocas decenas de personas, y afuera de la catedral donde se ofició el rito correspondiente, apenas había un centenar despidiéndolo. Los medios locales y mundiales en escuetas notas procedieron a reseñar el hecho. Antes de la muerte de este ilustre científico, murió Juan Gabriel, y poco después, José José. La diferencia abismal y terrible, entre el número de dolientes y manifestaciones populares de agravio sentimental, entre el primero y los segundos, es una muestra evidente y prueba irrefutable que este mundo no anda bien en su escala de valores.

Eduardo Galeano sostiene que el mundo está “al revés”, ya que el comportamiento humano no sigue la lógica de lo racionalmente deseable, pues premia lo malo y castiga lo bueno, lo valioso se minusvalora y lo absurdo se adora. “El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza: la injusticia, dicen, es la ley natural”. En el mundo volteado “…el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos”.

En México no sabemos ni quién jodidos es, ni qué hizo uno de las mentes más lúcidas del universo (Stephen Hawkings), pero conocemos todos y cada uno de los detalles y entresijos legales del pleito por la herencia del llamado Príncipe de la Canción.

Así el mundo. Al revés.

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