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Abrir o no abrir las escuelas.

Es cierto que se pierden aprendizajes al mantener las escuelas cerradas lo que se ganan son vidas. En realidad, en ambos casos estamos hablando de salvar vidas. La relación entre la COVID-19 y la posible pérdida de la vida es clara y ocurre en el corto plazo, mientras que las vidas que se pierden debido al cierre de escuelas dependen de efectos indirectos y solo ocurre en el muy largo plazo. Pero la escolaridad y los aprendizajes están relacionados con la salud (Galama, 2018) y la esperanza de vida (Lleras-Muney, 2005). El cerrar escuelas hoy reduce los aprendizajes y las trayectorias educativas, sobre todo de los más pobres, lo cual reduce sus ingresos futuros, salud y esperanza de vida. Aunque la relación entre aprendizajes y esperanza de vida no sea obvia y por lo tanto resulte difícil internalizarla, abrir las escuelas también salva vidas, las vidas futuras de los hoy niñas y niños que viven en situación de pobreza.

¿Qué podemos hacer?

El primer paso es aceptar que la pandemia trae consigo

una pérdida de aprendizajes producto del cierre de escuelas, a pesar de la narrativa y los esfuerzos que se han hecho hasta ahora. La discusión debería estar centrada en cómo minimizar el impacto de la pandemia sobre los aprendizajes de 10 millones de est

udiantes de educación básica que no tienen las condiciones mínimas para aprender desde casa. Para ellos, mejorar el esquema de educación a distancia es irrelevante, ellos necesitan la escuela y la interacción con sus profesores y compañeros.

Abrir las escuelas que atienden a la población de alumnos en pobreza debe ser la prioridad. Si abrieran un día a la semana, con un quinto de los estudiantes, priorizando la enseñanza de contenidos prioritarios (matemáticas y lengua) sería mucho mejor que la situación actual. Las escuelas que atienden a esta población deberían ser priorizadas y recibir los recursos para asegurar condiciones mínimas de higiene (agua y jabón) y protección (cubrebocas) para alumnos, docentes y personal administrativo. Es difícil identificar una inversión más redituable que mejorar los aprendizajes de los estudiantes más pobres.

Lo menos complejo es mantener las escuelas cerradas, asumir que la televisión puede substituir el sistema educativo y trasladar el costo de esta decisión—menos aprendizajes, ingresos y esperanza de vida—a las familias más pobres. Pero eso no significa que sea lo más justo y equitativo. Si nos pusiéramos en el lugar de uno de los 10 millones de niñas y niños que, mientras las escuelas sigan cerradas no tienen la posibilidad de aprender, quizá decidiríamos abrir las escuelas, antes que los restaurantes, bares y gimnasios. Lo que está claro es que no podemos pretender que no ha habido costos en términos de aprendizajes. Esto es profundamente injusto para 10 millones de niños que tienen el derecho a un proceso de nivelación por los aprendizajes perdidos. El no llevar a cabo las acciones e invertir los recursos necesarios para nivelar los aprendizajes de estos 10 millones de niños hará que los costos de la pandemia se manifiesten, en términos de pobreza y desigualdad, durante varias generaciones. (Por: Rafael de Hoyos.)

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