ColumnasDr. Guadalupe Estrada R.Notas Relevantes

Cadáver Andante.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada

No creo que exista país en el mundo que sufra una clase política donde se estile la cantidad y calidad de cinismo como aquí es la norma. Es difícil pensar que el mismísimo Kafka no hubiese puesto de modelo a nuestra nación como el ejemplo supremo del surrealismo impúdico.

Ejemplos locales, regionales y nacionales existen de sobra para sustentar en el campo de lo empírico lo que ahora estamos afirmando de una manera categórica e inequívoca; sin embargo, por pura cuestión de pertinencia y discreción, nos es auto impuesta la prohibición de referirnos a casos que suceden en el ámbito doméstico. Vayan a saber si los vecinos se puedan ofender. Por ello, mejor buscar por otros lares esas citas y señalamientos.

Aunque los orígenes de la hipótesis que manejamos al principio, y que pretendemos demostrar ahora con ejemplos concretos, se ubican en un caso específico de un candidato a un puesto de elección popular registrado en la anterior contienda electoral en un andurrial municipal, y que se encontraba sujeto (vinculado, se dice ahora) a un proceso penal por un delito de los tipificados en el apartado del Código Penal que se intitula como de corrupción de servidores públicos. Además de lo anterior, pesaba sobre el susodicho aspirante, y cuyo nombre no referiremos por puro pudor, una resolución de autoridad competente que lo inhabilitaba por muchas décadas para ocupar un cargo público. Mayor fue nuestra sorpresa al saber que andaba, muy campante, en plena contienda. Según me explicó un flamantísimo jurista, especialista en el campo del derecho electoral, diversas resoluciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, protegían y salvaguardaban los “derechos político electorales” de todo ciudadano, aunque estuviese sujeto a proceso penal, aunque hubiese sido condenado mil veces, aunque fuera un ladrón y un criminal confeso, pues, dijo, la sola existencia de antecedentes penales o de cualquiera otra naturaleza análoga no eran causa suficiente para negar a un mexicano “su legítimo derecho a participar en una elección”, pues de otra forma, se le podrían transgredir sus sagrados derechos humanos, reconocidos estos, por una lista interminable de tratados internacionales firmados por México. Lo que inventa nuestra caterva de políticos en su búsqueda por la papa diaria.

Pero volvamos al origen de esta perorata. Resulta que Marcelo, el otrora niño bueno, eficiente y eficaz, acaba de declarar que, siguiendo la tradición filosófica reseñada precedentemente, se considera como el candidato único,

incomparable e irrepetible para contender en las elecciones presidenciales del 2024, aduciendo, claro, en su discurso de arranque que, perfiles como el suyo sólo los encontraremos en los líderes más destacados del universo circundante y conocido, etcétera.

Nada de esto nos llevaría a poner el grito en el cielo y al desgarre de vestiduras respectivo, si no fuese porque la evidencia científica hasta ahora conocida, lo vincula causal y legalmente como responsable directo o indirecto de la tragedia de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, donde ya sabemos, hubo varios muertos, heridos de gravedad, cuantiosos daños materiales y una cantidad indeterminable de corruptelas por clarificar.

Es decir, para efectos teóricos y prácticos, el aludido es un cadáver andante, aunque no se haya dado cuenta, ni nadie se lo haya hecho saber.

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