Diatriba contra un plagio.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez

Pues si, debería ser muy grave. De una trascendencia extrema, en un país normal. En el mundillo académico copiar (plagiar, fusilarse, reproducir, apropiarse) una tesis para obtener el grado de licenciatura, en lo que sea, puede ser equiparada a un hurto, a un robo, a una farsa y, lo mínimo que se puede decir, a un fraude en contra de uno mismo, de la institución académica correspondiente y de la sociedad en general, hasta de la familia, pues. Si a eso se adiciona que el plagio se relaciona con la carrera de Derecho, que implica, por lo menos en la teoría, la asimilación de conceptos como la rectitud, la igualdad, la justicia, el respeto de los derechos, las obligaciones ineludibles, y otros relativos y conducentes, como dicen los mismos abogados, pues la cuestión adopta tintes de tragedia. Pero si a lo anterior le sumamos que la estafa la ha cometido un servidor público de alto rango, pues diríamos que nos encontramos ante casi un cataclismo sideral, por decir lo menos. Y, desdicha bíblica, mala suerte o infortunio histórico, si la susodicha reproducción ilícita la ha cometido quien se ostenta como togado o togada (por aquello de la igualdad de género) del Máximo Tribunal de Justicia del País, que “debiera” (si, en verbo ideal) ser ocupado por los más excelsos, impolutos, rectos, honestos, inmaculados, intachables, irreprochables, etcétera, etcétera, hombres y mujeres, hijos pródigos de esta nación, pues entonces, francamente, como dicen los gringos: “I’m speechless”, o sea, me he quedado sin palabras, sin argumentos  para describir esta suerte de pesadilla constitucional que escapa a los más circunspectos entendimientos humanos. Si es cierto que a un juez municipal, por decir algo, la sociedad le exige altísimos estándares en cuestiones de honestidad, imaginemos lo que no debemos demandar de un Excelentísimo Ministro, cuyas decisiones judiciales pueden impactar en la vida, libertad y hacienda de millones de generalidades pululantes.

Hechos: 1) La tesis en litigio se presentó para su defensa ante un jurado académico un año después que otra similar (igual) se registrara formalmente en un 99.9%, pues sólo se cambió el tipo de letra, el autor y los agradecimientos conducentes, siendo que hasta los errores de ortografía y redacción se reprodujeron sin pudor alguno. 2) Una autoridad de la UNAM ha determinado que entre ambas tesis hay un “alto nivel de coincidencias” (plagio, pues). 3) La directora de ambas tesis en cuestión, tiene una carrera prolífica en graduar alumnos con los mismos trabajos, con un nivel de identidad sorprendente, como decir, este mundo está lleno de coincidencias repetibles, esto es, a eso se dedica, a titular abogados como panecillos de panadería robotizada.

Defensa: La ahora objetada contestó las acusaciones argumentando: 1) Me atacan porque soy mujer. 2) Aprobé el examen de Licenciatura sin problema. 3) La directora de tesis (cómplice) “certifica”, cual notaria sin título, que mi aportación académica es legítima y lejos de toda duda razonable. 4) Presentaré como pruebas de descargo el recibo pagado del predial hasta el año 2050 y una carta de buena conducta de mi maestra de Kinder. 5) Mi inocencia también se sustenta en que el PRI robó más (no es broma).

Disculpará el atento lector de este libelo el tono procaz, desparramado en estas líneas, pero requerimos anotar que no es menester el ser poseedor de iluminados entendimientos en las ramas propias de la Ciencia Jurídica, como la que se supone dominada por la imputada, para darse cuenta que, seguramente, a los tiempos y la historia apelaré, nos encontramos ante uno de los mayores y notorios esperpentos de que se tengan memoria en los anales propios de las experiencias jurisprudenciales vividas en el universo circundante. Es México, pues.

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