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Cuando los menores también matan y destruyen vidas: una reflexión que México ya no puede postergar

Durante años, la violencia en México parecía tener un rostro claro: crimen organizado, delincuencia común o inseguridad urbana. Hoy emerge una realidad más inquietante: adolescentes involucrados en delitos graves.

Los casos recientes en Mexicali, Zacatecas y Tabasco lo evidencian. En Mexicali, el pasado 9 de julio de este 2026, tres jóvenes fueron detenidos e investigados por el homicidio de un conductor de plataforma, un hecho que conmocionó a la comunidad por la brutalidad del crimen y la edad de los presuntos responsables. El caso generó indignación social y abrió nuevamente el debate sobre la responsabilidad penal de los menores. En Zacatecas, una niña de 10 años fue víctima de agresión sexual presuntamente cometida por otro adolescente. Y en Tabasco, cientos de habitantes marcharon para exigir justicia tras un caso que también involucró a menores, reflejando el hartazgo social ante este tipo de violencia. No son hechos aislados. Plantean una pregunta urgente: ¿qué está fallando para que menores lleguen a estos niveles de violencia?

La reacción social ha sido de indignación y dolor. Sin embargo, el debate suele centrarse en si deben ser juzgados como adultos o bajo el sistema especializado para adolescentes, que prioriza la reinserción. Es una discusión válida, pero insuficiente.

La cuestión de fondo es otra: ¿qué condiciones permiten que un adolescente cometa delitos que destruyen vidas?

No hay una sola causa. Influyen factores como entornos familiares frágiles, abandono escolar, consumo de violencia en medios, adicciones o problemas de salud mental. Pero también es cierto que la mayoría de los jóvenes no delinque. Reducir a toda una generación a estos casos sería injusto.

Aun así, ignorar el problema es peor. La violencia no surge de la nada. Suele haber señales previas: aislamiento, conflictos familiares, consumo de drogas o vínculos con entornos delictivos. Muchas veces pasan desapercibidas.

Cuando ocurre una tragedia, llegan las exigencias de justicia, las promesas oficiales y el debate público. Luego, el tema se diluye hasta el siguiente caso.

En medio de esa dinámica, las víctimas quedan relegadas. Una niña marcada de por vida. Una familia que pierde a un ser querido. Ninguna sentencia repara completamente ese daño.

Por eso, el desafío va más allá del castigo. Implica actuar antes: fortalecer la salud mental, apoyar a las familias, ofrecer espacios educativos y detectar riesgos a tiempo.

México necesita abordar este problema sin simplificaciones. También debe revisar si su marco legal responde adecuadamente a delitos graves cometidos por menores, sin abandonar el enfoque de reinserción.

Los casos de Mexicali, Zacatecas y Tabasco dejan una lección clara: cuando un menor es víctima o agresor, la sociedad entera falla.

La pregunta ya no es si estos hechos se repetirán, sino qué estamos dispuestos a hacer para evitarlos.