Sobre la Desvergüenza.
Sobre la Desvergüenza.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
He seguido con cierto deleite morboso, malicia y hasta festivo divertimento esa bonita costumbre de documentar, un día sí y el otro también, las hazañas personales y profesionales de nuestros flamantes miembros del Poder Judicial (casi todos del ámbito federal, faltaba más). Para nuestra propia desgracia y vergüenza ajena, estas crónicas diarias nos regalan una radiografía prístina de estos nuevos especímenes que, querámoslo o no, hoy tienen el descaro de ostentar la decisión sobre nuestras vidas y haciendas en sus manos.
El catálogo de lindezas es de antología: tenemos a un tal Fulano, Juez de Distrito en las alcantarillas legales de cierta ciudad, quien «el 14 de junio fue detenido en estado de ebriedad, acusado de violencia familiar y amenazas en Coyoacán»; a Sutano de tal, impecable Juez de Distrito en Materia Penal de cierto andurrial, que «en la Navidad de 2025 amenazó con una pistola en plena vía pública de Cancún a quien dijo ser su pareja, y se le vincula con una mafia rumana»; a la distinguida Perengana, Jueza de Primera Instancia en el distrito judicial de los mismísimos olvidados por la justicia, que, en un arrebato de soberbia, «impuso una multa de un millón trescientos mil pesos a una abogada en plena audiencia, nada más por haberla exhibido en su ignorancia al no tener sustento alguno sus determinaciones judiciales (como lo fue la propia imposición absurda y arbitraria de la multa)». Y la lista sigue con Juanito, el Magistrado de las «obscenidades y propuestas indecorosas al personal a su cargo, tanto masculino como femenino»; o Mentecato, el genio Juez Penal que «en plena audiencia de vinculación a proceso, dicta sentencia definitiva condenando al imputado». No olvidemos a Gerardito, «quien llegó a ser juez impulsado por los acordeones, y ayer soltó a tres narcos»; ni a los Magistrados X, Y y Z, probos exabogados de capos que, nadando en conflictos de interés, liberan sin ton ni son delincuentes teniendo pruebas sólidas sobre sus mesas. Así, ad infinitum y ad nauseam.
Es cierto que nunca, en los anales de la historia del Poder Judicial mexicano, estos meros intentos de juristas nos habían deleitado con mitotes tan sonados y variados, alcanzando ya proporciones de notoriedad bíblica. Y es que no sólo su conducta personal resulta escandalosamente reprochable (hasta en términos penales, dirían los togados), sino que la barbaridad de su supina ignorancia trascenderá a la historia de las estupideces de este siglo y de los venideros. Francamente, jamás habíamos tenido el dudoso privilegio de observar a tantos borricos rebuznando al mismo tiempo, y al unísono.
No sea usted tan inocente de creer que este estado de cosas se concibió únicamente para apoderarse de esa fracción del Estado encargada de la resolución de la conflictividad social y el mantenimiento de la paz comunitaria (bellas quimeras que hace mucho no existen). No, tal como suelo reflexionar en mis dominicales onanismos mentales (los cuales ni la terquedad de la realidad ha podido refutar), esto es parte de un perverso plan para mantener en caos y desasosiego constante a los gobernados. La fórmula es infalible: mientras nosotros nos vemos ocupados y distraídos intentando resolver nuestros urgentes problemas cotidianos, en las esferas gubernamentales se sirven (lo que sea, pues) con la cuchara grande y sin el menor pudor.
Llegados a este punto, le lanzo la pregunta: ¿De verdad le apetecería que alguno de los jumentos aquí reseñados fuera juez o jueza en algún asunto suyo, donde estuviera en trance su libertad, su patrimonio o su futuro por algún entuerto judicial? Exacto. No lo creo.
estradagp@hotmail.com

