ColumnasDr. Guadalupe Estrada R.

Pregunta sobre el Socialismo.

Pregunta sobre el Socialismo.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

Desde hace ya bastante tiempo ha venido rondando sobre mis únicas tres neuronas útiles una pregunta que, si logro resolverla satisfactoriamente para mis desgastadas conciencias internas, me consideraré uno de los sabios más destacados del universo: ¿porqué el Socialismo atrae a tantos seguidores, a pesar de que históricamente y en la experiencia de todos los países donde se ha instalado, está comprobado que es un gran fracaso económico, político, social, humano, jurídico, etcétera, etcétera, etcétera?

La respuesta de bote pronto que viene a la mente de cualquiera, no solo mía, es, bueno, que el porcentaje de imbéciles en el mundo es muy alto, bastante alto, por ello suceden estos fenómenos sociales. Pero la experiencia, en esta solución, no es satisfactoria, pues es de sobra conocida el hecho de que muchos especímenes con una demostrada capacidad y formación académica y mental opta por esta falacia existencial. Por ello intentaré un veredicto que, ya sé, desde ahora, a nadie satisfará:

El incombustible encanto del socialismo radica en su maravillosa capacidad para vender parcelas en un paraíso terrenal del que nadie, curiosamente, ha regresado con salud económica para contar los detalles. Para comprender por qué las masas siguen formándose voluntariamente en la fila de una guillotina financiera que ya ha rodado tantas cabezas a lo largo de la historia, hay que entender que esta ideología opera menos como un tratado de administración pública y más como una religión laica de consuelo. Para el ciudadano promedio, justificadamente agotado por la inclemente fricción del libre mercado (un sistema que, según sus detractores, no perdona errores y donde el patrimonio suele costar sangre, sudor y lágrimas) la oferta socialista es un bálsamo irresistible. En lugar de ofrecer soluciones complejas, te absuelve de toda responsabilidad personal y te asegura, con una moralina embriagadora, que tu escasez no es producto de tus decisiones o del azar, sino culpa exclusiva de la perversa avaricia de un tercero. ¿Quién, después de todo, rechazaría el canto de sirena de una «justicia social» que promete derechos ilimitados, todo cortesía de un Estado mágico capaz de multiplicar los panes y los peces sin el fastidioso requisito de incentivar a quienes realmente siembran el trigo y pescan?

Sin embargo, cuando la utopía choca frontalmente contra la terca realidad y termina (como dicta su inmaculada costumbre) en escasez crónica, burocracias asfixiantes o exilio masivo, el devoto creyente no abandona la fe, sino que

ejecuta una gimnasia intelectual verdaderamente olímpica: saca de la manga la legendaria carta del «verdadero socialismo». Según esta fábula autocomplaciente, todos los líderes que alguna vez intentaron aplicar el modelo simplemente leyeron mal el manual. La miseria resultante nunca, bajo ninguna circunstancia, es un defecto de fábrica del diseño centralizado, sino producto de algún bloqueo exterior, de la hostilidad imperialista o de un complot cósmico orquestado por la burguesía. Para coronar este monumental ejercicio de ironía, las nuevas generaciones de revolucionarios (conocidos con el pomposo título de “socialistas del siglo XXI”), pontificando ferozmente contra el capital desde teléfonos inteligentes ensamblados por el libre mercado global, suelen señalar a países nórdicos como Suecia o Dinamarca como la prueba irrefutable de que su paraíso es posible. Ignoran, con una ternura casi conmovedora, que esos anhelados oasis son en realidad economías capitalistas feroces, celosas protectoras de la propiedad privada, que simplemente cobran impuestos escandinavos para pagar sus generosos lujos sociales.

Al final del día, el espejismo socialista jamás perderá su magnetismo sencillamente porque se alimenta de una verdad tan humana como inconfesable: siempre será infinitamente más fácil, cómodo y moralmente superior soñar con expropiar y repartir la riqueza ajena, que asumir la responsabilidad y el riesgo de generar la propia.

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