ColumnasDr. Guadalupe Estrada R.

Fidel, Dictador Bananero.

Fidel, Dictador Bananero.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

En días recientes, la siempre congruente y abnegada “izquierda” (lo que ello signifique) de nuestro país se vistió de manteles largos para celebrar el centenario del natalicio de una de las calamidades más pintorescas y destructivas que ha padecido la humanidad, especialmente la latinoamericana. Desfilaron letanías dignas de un culto sectario: “Comandante Supremo”, “Prócer de las Galaxias”, “100 años con Fidel”, “Hasta la Victoria Siempre Contigo”, “Seguirás siendo Mesías Andante en el más allá”, o el inolvidable “Azote de los Gringos Viejos”. Y un sinfín de mamarrachadas de similar calado. Simplemente, ver para creer.

Sí, ver para creer que, a estas alturas del partido, se le siga rindiendo devota pleitesía a un dictadorzuelo bananero, pasando por alto la monumental catástrofe humanitaria que él mismo concibió, ejecutó, provocó y heredó amorosamente a Cuba. Me tomaré, pues, el atrevimiento de «opinar» (amparado en el sagrado y pisoteado derecho de las audiencias, no vaya a ser que me arrastren a la piedra de los sacrificios de la corrección política) sobre este auténtico adefesio del demonio.

Desde la fría óptica de la ciencia política y de los tan manoseados derechos humanos, el paraíso terrenal que Castro instauró en la isla palomea todos y cada uno de los requisitos de una dictadura de manual, coronada por la concentración absoluta del poder. Durante interminables décadas, el barbudo gobernó a punta de caprichosos decretos, acaparando los máximos cargos gubernamentales, las Fuerzas Armadas y, faltaba más, el Partido Comunista. Eliminó de tajo el fastidioso pluralismo consolidando un Estado de partido único y barriendo bajo la alfombra a la oposición política. A la receta le sumó la supresión sistemática de las libertades civiles, un detalle ampliamente documentado por organismos internacionales que se cansaron de señalar la censura perpetua, la represión de la disidencia y el cómodo encarcelamiento de opositores, todo ello aderezado por una clamorosa ausencia de elecciones democráticas libres y competitivas.

Colgarle la medallita de «bananero» encierra una fascinante ironía histórica. Originalmente, el término se acuñó a principios del siglo XX para describir a esos patéticos países latinoamericanos políticamente inestables, adictos a un solo producto de exportación y regenteados por élites corruptas arrodilladas ante corporaciones extranjeras, usualmente estadounidenses. La cruel paradoja es que la sacrosanta Revolución Cubana triunfó escupiendo un feroz discurso

antiimperialista para echar a Fulgencio Batista, un gobernante que encajaba con precisión milimétrica en esa definición clásica. Sin embargo, en el lenguaje coloquial actual, el concepto ha mutado para etiquetar de manera peyorativa a regímenes hundidos en la debilidad institucional, el personalismo extremo, la arbitrariedad legal y el inevitable fracaso económico estructural.

Es bajo este moderno lente que a sus críticos les resulta irresistible aplicarle el adjetivo, justificado por el rancio caudillismo y el patológico culto a la personalidad que exigió en vida. Como buen arquetipo de aquellas repúblicas, la voluntad de Castro siempre estuvo por encima de la ley y las instituciones, boicoteando la consolidación de un verdadero Estado de Derecho. Esta visión patrimonialista del poder, donde el país entero era administrado casi como su feudo privado, quedó descaradamente evidenciada con la sucesión dinástica que le transfirió el trono a su hermano Raúl, sin el más mínimo asomo de apertura democrática.

Finalmente, en el escabroso rubro económico, esa cacareada soberanía jamás pasó de ser una promesa en el aire. La economía isleña mantuvo su vergonzosa dependencia de la exportación de azúcar y logró respirar artificialmente durante décadas gracias a los obscenos subsidios de la Unión Soviética, cuyo colapso terminó por sumir al país en la crisis profunda que hoy todos conocemos. Luego tomaron como salvavidas a Venezuela, pero ya también conocemos el desenlace de esta ubre malograda.

Así las cosas, el toque «bananero» en este país nos evoca postales de estancamiento crónico, escasez de productos básicos y una infraestructura cayéndose a pedazos. Son estas crudas realidades cotidianas las que empujaron al exilio a millones de cubanos y que, en el debate actual, equiparan su legado con los peores vicios del caudillismo tradicional latinoamericano. Y eso, estimado lector, no hay retórica marxista que lo pueda disfrazar.

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