La salud en los tiempos del ábaco.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
Al parecer, el verdadero problema del sistema de salud pública en México no es el desabasto ni la saturación, sino la necedad de los ciudadanos de querer seguir respirando. Una auténtica epidemia de quejas inunda hoy los pasillos de nuestros hospitales. Médicos, enfermeras y pacientes insisten, con una falta de tacto alarmante, en exigir medicinas, camas y hasta jeringas. Qué poca empatía tienen con las hojas de cálculo de Hacienda.
Para entender la sofisticada política pública que hoy rige la salud de los mexicanos, basta asomarse a Veracruz, donde un alto directivo del mejor hospital público del estado nos regaló una máxima que debería ser esculpida en mármol a la entrada de la Secretaría de Salud: «Pues si no puede operar, no opere». Brillante, inigualable, para un Doctorado en Salud Pública en alguna de las Universidades del Bienestar. Hipócrates estaría celoso. Esta es la cúspide de la eficiencia burocrática: resolver el colapso hospitalario pidiéndole al cirujano que baje el bisturí y al paciente que, de favor, se lleve su apendicitis a otra parte. Si la política pública consiste en resolver problemas públicos, la estrategia actual es insuperable: sin cirugías, no hay gasto quirúrgico; sin gasto quirúrgico, hay ahorros. Un éxito rotundo.
Pero donde esta austeridad revela su verdadero rostro patógeno es en el Centro Médico Nacional de Occidente del IMSS, en Guadalajara. Ahí, las bacterias Klebsiella pneumoniae y Candida albicans no operaron como simples microorganismos oportunistas, sino como diligentes contratistas del recorte presupuestal. Quince bebés recién nacidos, internados en cuidados intensivos neonatales, murieron masacrados por infecciones adquiridas dentro del propio hospital. Cuando a un sistema de salud se le quita hasta el presupuesto para desinfectantes, jabón y material estéril, lo que queda no es un hospital, es un camposanto con camas rodantes. Hemos reducido el sistema a un esqueleto, y todavía nos ofendemos cuando hace ruido de huesos.
Frente a esta tragedia, que en cualquier país medianamente civilizado habría provocado renuncias fulminantes y procesos penales, el titular del IMSS, Zoé Robledo, sacó la calculadora para darnos una lección de humanismo estadístico. A pregunta expresa sobre los quince recién nacidos muertos, el funcionario argumentó que, al fin y al cabo, en ese mismo periodo nacieron 2,695 bebés.
Entiéndalo usted: para el diseñador de políticas públicas contemporáneo, quince cunas vacías no son una negligencia criminal del Estado, son simplemente un daño colateral del 0.55%. Un margen de merma perfectamente aceptable en el inventario del sexenio. ¿Por qué se fijan en los muertos si tenemos a miles vivos para la foto? Bajo esta lógica de carnicería contable, si el avión no se estrella con todos los pasajeros, no hay motivo para revisar los motores.
La verdadera política de salud en México ya no se diseña en consultorios ni con epidemiólogos, se diseña con tijeras de podar. Las marchas, las denuncias en redes y los gritos desesperados del personal médico chocan contra un muro de sordera institucional, porque para el Estado, el sistema no está fallando: está funcionando exactamente como lo diseñaron los machetazos presupuestales.
Si usted sobrevive a la sala de espera, a la falta de medicinas y a las bacterias del quirófano, siéntase agradecido. Y si no, descuide, el director del IMSS seguramente lo meterá en el porcentaje de los que afectan la estadística, mientras algún directivo, bostezando detrás de un escritorio, redacta su acta de defunción murmurando: «pues si no podía curarse, no se hubiera enfermado».
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