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La escuela que enseña a obedecer difícilmente formará niños capaces de transformar el mundo

Durante décadas, buena parte de nuestro sistema educativo ha privilegiado la memorización, la repetición de contenidos y el cumplimiento de instrucciones por encima de la creatividad, la autonomía y el pensamiento crítico. Esperamos que los estudiantes respondan correctamente, entreguen sus tareas a tiempo y obtengan buenas calificaciones, pero pocas veces nos detenemos a preguntar si realmente están aprendiendo a pensar, decidir y resolver problemas. ¿Estamos educando para la vida o formando personas que aprendan a obedecer?

El emprendimiento desde la infancia nos obliga a cuestionar esta realidad. No se trata de convertir a los niños en empresarios ni de adelantar las exigencias del mundo laboral. Se trata de reconocer que la educación debe desarrollar personas capaces de identificar problemas, imaginar alternativas, tomar decisiones y transformar su entorno.

Sin embargo, ¿cómo esperamos formar niños creativos si en el aula se penaliza el error, se limita la iniciativa y se considera que aprender consiste en reproducir exactamente lo que explica el docente? ¿Cómo pretendemos desarrollar pensamiento crítico cuando, en ocasiones, la respuesta esperada tiene más valor que la pregunta bien planteada?

La contradicción es evidente: hablamos de innovación educativa, competencias del siglo XXI y formación integral, pero todavía encontramos prácticas escolares que colocan al estudiante en una posición pasiva. Cambiamos discursos, incorporamos nuevos términos pedagógicos y diseñamos documentos curriculares, pero eso pierde sentido si no transforma lo que sucede cotidianamente dentro del salón de clases.

Emprender desde la infancia implica romper con esa lógica. Significa permitir que los niños propongan ideas, investiguen necesidades de su comunidad, diseñen soluciones, trabajen colaborativamente y aprendan de sus equivocaciones. Una feria de emprendimiento escolar, por ejemplo, puede convertirse en una experiencia interdisciplinaria donde las matemáticas, la comunicación, la creatividad y la responsabilidad social cobren sentido práctico.

Por supuesto, esto exige docentes preparados, directivos comprometidos y escuelas dispuestas a abandonar la comodidad de las prácticas tradicionales. No basta con organizar actividades aisladas o exhibir proyectos; necesitamos metodologías que conecten los aprendizajes con problemas reales y den protagonismo al estudiante.

El problema no es que los niños carezcan de creatividad, sino que la escuela, en ocasiones, termina por inhibirla.

Si queremos transformar la educación mexicana, debemos dejar de medir su éxito únicamente por calificaciones y contenidos cubiertos. Una escuela verdaderamente transformadora no forma estudiantes que solamente sepan responder, sino personas que se atrevan a preguntar, proponer y actuar.

Educar para emprender es, en esencia, educar para pensar con libertad y actuar con responsabilidad. Y esa transformación no puede seguir esperando.

Dr. Víctor Alfonso Silva Reyes.