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Por: Dr. José Guadalupe Estrada

Resulta indignante ver cómo una tragedia familiar por la muerte de una hija se convierte de pronto en un espectáculo público de proporciones inaceptables. Pero más lamentable resulta comprobar que el germen de esa vil función resida precisamente en esa sociedad que se dice ofendida por la gran cantidad de delitos que está padeciendo.

Ahora tenemos que en los medios masivos de comunicación tradicionales, las redes sociales y cuanta aplicación móvil se les ocurra, se está actualizando la información sobre el caso de Debahni Escobar casi al minuto, no sea que la competencia saque algún dato que no se tiene, razonarán de esta manera los detentadores de estos instrumentos de desinformación colectiva. En los buscadores de internet apenas se teclea el nombre de la occisa y aparecen no cientos o miles, sino cientos de miles de referencias sobre ese nombre. Información que sólo sirve para alimentar el morbo maldito de una población enferma, ávida de mitotes sobre tragedias ajenas e incapaz de resolver su propia crisis existencial que, según los sociólogos propios y extraños, se remontaría hasta el momento mismo de la “conquista” de México, trauma que no se ha podido superar precisamente por ese enanismo moral que hemos padecido casi desde siempre, y, alimentado este raquitismo histórico por nuestro sistema educativo que nos ha hecho creer que los perdedores son héroes nacionales, los villanos se pueden ir al cielo con la bendición del preciso en el poder en turno, y que nuestros males permanentes (crisis económica, narcotráfico, inseguridad, violencia, corrupción, etcétera) tienen su origen en el extranjero capitalista y explotador.

No es sorprendente, entonces, en este contexto de ignorancia y pequeñez de las generalidades andantes, encontrar ya centenas de internautas, cual Sherlock Holmes de pacotilla, que mediante publicaciones, videos y hasta pequeños documentales ya elaboraron las teorías conspirativas más mafufas de que tengamos memoria y que resuelven los misterios y preguntas de tan lamentable suceso, adelantándose siglos y siglos a las más elaboradas técnicas de investigación con las que la ciencia actualmente cuenta.

No es, entonces, inusual, encontrar que este caso se ha convertido ya en una telenovela mexicana de detectives de vecindad que están descubriendo el hilo negro de la medicina legal, de la antropología forense, del ADN mitocondrial y de la técnica de la espectrometría de absorción atómica para descubrir a los verdaderos culpables.

Pero lo más inusual es que, más allá de estas especulaciones colectivas que dan precisa idea del nivel cultural de nuestro pueblo bueno y sabio, sean las mismas autoridades de investigación las que alimenten estas infamias colectivas, al estar exhibiendo videos, declaraciones y, en general, datos de prueba que deberían estar, por obligación legal, en la secrecía absoluta de un expediente en curso de integración. Investigación que debiera ser conducida y supervisada por autoridades con una convicción a toda prueba de que lo más importante sería la búsqueda de la verdad, la dilucidación de los hechos acaecidos y, en todo caso, la documentación de evidencia sólida que en determinado momento llevasen a los responsables ante la justicia. Casi puedo apostar que con todo lo que se ha exhibido mediáticamente, si existe algún o algunos autores de este crimen, téngalo por seguro que ya estarán lejísimos de estos andurriales, o bien, armando una muy buena coartada que los exima de culpa alguna dada la cantidad de la información que se ha hecho pública.

Sin embargo el show debe continuar, el Circo Romano en todo su esplendor.

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