De muerte, fútbol y marchas.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada

Hace poco se publicó una crónica periodística en un medio internacional que relataba la insensibilidad a la que hemos llegado en este país y relacionada con la cotidianeidad de las muertes violentas. Se refería en dicha narración que, en un día soleado de fin de semana, en la nación hermana de Acapulco, el mar arrojó a una concurrida playa un cadáver maniatado con unas sogas, con signos evidentes de tortura, y en estado prematuro de descomposición. Los bañistas y turistas que allí se encontraban casi ni se inmutaron, algunos procedieron a acercarse al difunto para cerciorarse de que se trataba de un despojo perteneciente a la misma raza de quienes husmeaban por allí, procediendo los curiosos a tomar algunas fotos con su celular, incluyendo algunas “selfies” con el muerto de fondo para mayor ilustración, otros, con una conducta más pertinente, procedieron a llamar al número de emergencias para reportar el suceso, pero la mayoría de ellos, incluyendo niños y ancianos, ni por sus cabezas pasó el inmutarse ante tal dantesco espectáculo, pues, seguramente, la naturalidad con la que nuestros entendimientos abotagados procesan este tipo de irracionalidades manifiestas, nos han llevado a extremos de considerar el aniquilamiento humano como parte del paisaje con el que hay que convivir, y de manera tan normal como decir “hoy no lloverá”, y, de hecho, algunos de los que se encontraban en aquél lugar y momento, siguieron con sus convivencias familiares, echándose unas garnachas, diligentemente bajadas al estómago con una caguama, pues lo primero, lo primero que hay que aquilatar en las mentalidades mexicanas es la cultura del gozo, del disfrute, de las anormales y a veces patológicas convivencias familiares, ya que un simple muerto arrojado por el Dios Neptuno a la arena, no va, bajo circunstancia alguna, a arruinar nuestros sanos y merecidos esparcimientos.

Como colofón a este relato habrá que anotar que es probable que nuestras finísimas conciencias e inteligencias estén afectadas por tanta matazón de que somos testigos, directos o indirectos, de manera consuetudinaria, pues habrá que recordar que, en lo que va de este federal sexenio, han sido contabilizados más de 170,000 (ciento setenta mil) homicidios, sin contar, obviamente, los no reportados y una cifra de más de 100,000 (cien mil) desaparecidos, lo cual significa que aquí son asesinadas más de 120 (ciento veinte) personas por día, con lo cual nos estaremos dando una idea muy precisa de la tragedia bíblica por la que estamos pasando, pues, debemos reconocer, aunque nos duela, que ni los países oficialmente en guerra reportan tan aterradoras cifras.

Muchos mexicanos, ricos y jodidos, por igual, están acudiendo, de viva voz y de cuerpo presente, hasta las lejanísimas tierras de Qatar (no sé ni dónde es eso) para ser testigos presenciales de otro mundial de fútbol, llenando con estos atinados procederes de orgullo a la patria, y, en las más de las veces, dando pena ajena, pues son verídicos e increíbles los relatos de muchos de esos viajantes que, hipotecando su finanzas futuras hasta por diez años, van a gastar lo que no tienen, habiendo solicitando préstamos para tan elevadas finalidades, conduciéndose como los padres de muchas quinceañeras que, sin dinero, organizan unas cerriles fiestas que son la envidia de cualquier millonario gringo, y, aunado a la irracionalidad anterior, nos quedamos perplejos cuando nos dimos cuenta que una de las principales preocupaciones que tienen esos paseantes en esos distantes lares, es porque no van a poder consumir cerveza hasta reventar la barriga cuando estén gozando de sus chafas partidos, qué horror de musulmán país que niega el derecho humano al libre desarrollo de la personalidad.

Ante tales coyunturas, relacionadas entre sí, pues dan idea de la idiosincrasia generalizada de nuestros coterráneos, y en vez de estarnos preocupando y ocupando por estas cuestiones de inseguridad pública, no se nos ha ocurrido otra cosa que aventurar marchas y desfiles. Qué país.

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