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DOBLE DISCURSO

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DOBLE DISCURSO

La, aunque por esperada no menos dolorosa muerte de Ignacio López Tarso, grande entre los grandes actores de teatro, sacó a la luz las más de cien páginas de reportes de la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad sobre sus movimientos que cualquiera puede consultar en el Archivo General de la Nación ¿Por qué un régimen priista vigilaba a un miembro del PRI que le fue leal a su partido hasta el último aliento de su vida? Una explicación en la que creo es que durante muchos años se cultivó la política del doble discurso como sinónimo de inteligencia, de sentido práctico, de realismo, desterrando la honestidad al calificarla como cosa de “ingenuos”, “idealistas” “soñadores”, de ese modo, el gobierno que se opuso a la expulsión de la OEA de Cuba, que rompió relaciones con Chile cuando Pinochet y que se asumía como fruto de una alianza con la clase obrera, espiaba al formidable actor por acudir a la isla revolucionaria como invitado de Fidel Castro, por suscribir un manifiesto demandando la expulsión de la ONU del golpista Pinochet, por ser destacado activista sindical en la Anda y porque a su homenaje acudían personalidades de la talla de Lombardo Toledano y Siqueiros

Los educados en la hipocresía como valor estelar de la política siguen con aversión a la franqueza, se callan y se pronuncian según lo que consideren “inteligente” y se regocijan de las adversidades que los que sí creen en la honestidad, en la concordancia entre lo que se dice y se hace, sean tachados de “ingenuos” destinados a ser siempre perdedores

El culto al doble discurso explica la historia de la aplicación de la ley en México con su gran carga de injusticia, con inocentes que se confiesan culpables por la tortura, con jueces que liberan a evidentes culpables valiéndose apoyándose en alguna falla espontánea o sembrada para ese fin, todo eso envuelto en ampulosa retórica de autoelogio o en el oportunismo adulatorio de fantasmales colegios profesionales

EL USO DE LA FUERZA

La diferencia entre dictaduras y regímenes democráticos estriba en que en el estado de derecho el uso de la fuerza que ejerce el estado se someta a reglas. En México, hasta tiempos muy recientes, fue política pública pisotear dichas reglas para terminar con un “dolor de cabeza”, con la misma lógica del “mátalos en caliente” de Porfirio Díaz se procedió en Tlatelolco, en Salvador Atenco, y en Zacatecas, en episodios de brutalidad al calor de la lucha contra la delincuencia en “Estancia de Ánimas” González Ortega, en San José de Lourdes y otros casos más dónde las desapariciones y ejecuciones corrieron a cargo de quienes ejercieron la fuerza en nombre de la ley

Ayer tuvo lugar una pequeña marcha en la Ciudad de México, unos pocos militares en retiro y familiares reclaman por compañeros encarcelados por “cumplir con su deber”, no refieren casos concretos, no invocan circunstancias que evidencien violaciones al debido proceso, solo siembran la falsedad de que ahora se les ordena que “no enfrenten a la delincuencia”, esta mentira ha sido repetida muchas veces para oponerse a una medida que en México se tardó muchos años y que no es otra que la de disponer que las reglas del uso de la fuerza sean escrupulosamente respetadas y que cuando eso no sucede se cometen delitos que la ley castiga

Dichas reglas no son nuevas, ni hay país que no las tenga, pero entre nosotros se hizo tradición violarlas por todo tipo de agentes del orden, desde las policías municipales hasta las fuerzas armadas, a veces saliéndose de control al grado de tener que castigar al más débil de la cadena, muchas veces simple cumplidor de instrucciones provenientes de jefes o de políticos al mando

RETÓRÍCA QUE YA NO ENGAÑA

Los casos de monstruosa injusticia que han sido difundidos, frecuentemente tienen  como desenlace la puesta en libertad de una persona inocente después de años de martirio y quiebre familiar, pero nunca vamos más allá para que la ley alcance al torturador directo, al médico legista y al funcionario penitenciario encubridor, tampoco al ministerio público o al juzgador negligente o venal, si tuviéramos un aparato de justicia capaz de dar a cada uno le que le corresponde por su acción u omisión, esta distancia entre lo que dice la ley y lo que pasa en la realidad sería muy corta

La verdadera convivencia democrática no se logra con discursos hipócritas, se logra con cambios políticos de fondo a partir de verdades

El doble discurso no es sinónimo de inteligencia realista, es falsedad normalizada.

Nunca será moralmente validable decir una cosa y hacer otra, aplicar la ley violándola

La convivencia democrática de verdad es asunto de hechos

Nos encontramos el jueves en Recreo

@luismedinalizalde-luismedinalizalde@gmail.com