El terrorismo que no se nombra.
El terrorismo que no se nombra.
Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.
En el mágico mundo de la retórica oficial, un coche bomba cargado con doscientos kilos de explosivos detonado frente a la comandancia de policía de Ojocaliente no es terrorismo; seguramente, en la neolengua gubernamental, se trata apenas de una «expresión calórica de descontento» o un simple «reacomodo pirotécnico». Resulta fascinante, por no decir patético, observar a los representantes del poder ejecutar contorsiones lingüísticas dignas de un circo para evadir la palabra maldita, íntimamente convencidos de que, si no nombran al monstruo, el monstruo desaparece, como si la semántica oficial tuviera la capacidad taumatúrgica de restaurar los muros colapsados y borrar el pánico incrustado en la memoria de los zacatecanos.
Pero la terca realidad, esa que no cobra nómina ni asiste a conferencias de prensa, nos dicta algo muy distinto: desde la más elemental lógica de la guerra asimétrica hasta el rigor milimétrico del artículo 139 del Código Penal Federal, los hechos encuadran con una exactitud que asusta. Hablamos del uso premeditado de explosivos contra instalaciones públicas para sembrar alarma, temor y terror en la población, con el único fin de coaccionar a la autoridad; es decir, terrorismo de manual. Sin embargo, para nuestra élite política, clasificar esto con el tipo penal que le corresponde es un pecado intolerable, un tabú que arruinaría el frágil guion de la pacificación.
Jugar a rebautizar la barbarie como simples «daños en las cosas» o «delincuencia organizada convencional» no solo es una burla al Estado de derecho y una renuncia flagrante a la obligación de aplicar estrictamente la ley, sino un insulto directo a la inteligencia ciudadana. Negar la naturaleza terrorista de este atentado no atenúa la gravedad de la violencia, ni le quita un solo gramo de letalidad al coche bomba; únicamente exhibe la ceguera voluntaria de un aparato de seguridad pública rebasado, que prefiere administrar las palabras y litigar en los micrófonos antes que gobernar el territorio.
Al final del día, intentar tapar el cráter de una explosión con el dedo de la narrativa oficial solo nos confirma una triste verdad: disfrazar la brutal crisis de seguridad pública no apaga el fuego, simplemente garantiza que nos siga quemando.
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