ColumnasDr. Guadalupe Estrada R.

Cultura del esfuerzo.

Cultura del esfuerzo.

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

En la civilización occidental la «cultura del esfuerzo» es un conjunto de valores y creencias que sostiene que el éxito, el progreso personal y la consecución de metas dependen fundamentalmente de la dedicación, el trabajo duro, la perseverancia y el sacrificio individual. Es una filosofía que premia la meritocracia (que cada uno obtenga según sus méritos) y ve la superación de obstáculos como una virtud necesaria para el crecimiento.

Este tipo de concepción del mundo, cuando se hace realidad en las civilizaciones o sociedades, llega a que las mismas se conviertan en paradigmas de triunfo social y victoria colectiva. En la Antigua Roma, por ejemplo, la carrera de las armas era un camino muy escogido por los individuos que querían llegar a lo más alto de los estratos sociales, inclusive, en algunos períodos de esta historia tan conocida, un requisito sine qua non para llegar a ser Cónsul o Emperador era tener reconocidos méritos y triunfos bélicos. Los esclavos podían obtener su libertad sirviendo cierto número de años en la milicia. Gran parte del éxito de la sociedad norteamericana y algunas europeas estriba en que los esquemas de ascenso social realmente premian a los individuos emprendedores, inteligentes y trabajadores, más allá de que la meritocracia se establezca como una condición meramente jurídica.

Esta cosmovisión particular de las sociedades occidentales, ha sido copiada en muchas de las estructuras constitucionales, legales e ideológicas que componen los países latinoamericanos, incluido México. De hecho, en desde la educación básica se predicaba (no se si ahora) que había que estudiar mucho, preparse bien y trabajar más para llegar a ser alguien en la vida.

Todo esto está bien para la construcción del entramado social, sin embargo la canija realidad se nos estrella a cada momento en plena cara: vemos y somos testigos de viva voz y cuerpo presente de cómo los compañeros más “burros” e ineptos en la escuela son los que llegaron a ser los líderes políticos y funcionarios públicos más encumbrados y exitosos, el cómo los peores profesionistas se enquistan en los aparatos gubernamentales o empresariales cual sanguijuelas insaciables, el cómo se reproducen e internalizan los dichos populares más ilustrativos de lo que en realidad acontece en ciertas culturas tercermundistas (como la nuestra): “el que no transa, no avanza”, “ése funcionario si roba, pero poquito”, “sí robó, pero ayudó al pueblo”, “más vale tener palancas que dinero”, “el gandalla no batalla” y así ad infinitum y ad nauseam.

Cualquier gobierno y sociedad que se consideren democráticas deben dejar establecido de manera clara (en las leyes, en las costumbres sociales y en las normas éticas) que la cultura del esfuerzo no es una vana ni inútil aspiración u onanismo mental que se predica (¿o predicaba?) en algunas instituciones académicas o de vanguardia social, sino una guía legítima que es la única que lleva a las sociedades por el camino del progreso.

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